Acerca de

Yachaypuriq viene del quechua yachay (saber) y puriq (caminante, viajero, deambulante, errante). Literalmente, «deambulante del saber», pero también una forma de expresar «nómada del conocimiento», paráfrasis en español de knowmad, un concepto que también puede traducirse como cognómada. Hablo un poco más al respecto en mi artículo sobre Knowmadismo.

Yachaypuriq es un emprendimiento personal mediante el cual pretendo ayudar a quienes creen en la libertad de una vida cognómada a difundir sus ideas e historias. Esto es lo que puedo hacer por ti:

  • Traducción del inglés al español de libros, documentos, sitios web, presentaciones, materiales educativos y otros tipos de contenido.
  • Investigación web y redacción de artículos, resúmenes, cuadernos de trabajo y otros documentos.
  • Diseño de infografías, presentaciones y publicaciones para redes sociales.
  • Transcripción en español de conferencias, grabaciones y manuscritos.
  • Edición básica de pódcasts y videos.

Los servicios que ofrezco aquí son el producto de habilidades aprendidas de manera empírica durante los últimos años. Tengo el compromiso de certificarme y unirme a alguna asociación… en cuanto consiga independizarme y reúna el dinero, claro. Particularmente considero que el prepararme para obtener el CIOL DipTrans y el Cambridge Proficiency Exam me daría un nivel decente.

Si quieres conocer mi historia y las lecciones que aprendí, sigue leyendo.

El hombre detrás de Yachaypuriq

Nací en Ica un atardecer de mayo de 1992. Crecí, fui al colegio, me enamoré y me desengañé, como todo el mundo.

A los catorce años manejaba bien los programas ofimáticos y de diseño, sabía algo de ensamblaje y había comenzado a aprener algo de programación por mi cuenta. Tenía claro que quería dedicarme a algo relacionado con la informática y la escritura en el futuro. A pesar de ello, la carrera a la que intenté ingresar luego del colegio fue medicina humana, aun cuando la idea no me entusiasmaba del todo. Quizá lo hice para contentar a mi familia. Algún tiempo después se me ocurrió que lo haría para desligarme de un pasado que veía como oscuro y empezar desde cero. Ya no importa.

Lo cierto es que entre el 8 de marzo de 2010 y el 20 de diciembre de 2016 asistí a las clases de la Facultad de Medicina Humana Daniel Alcides Carrión (FMHDAC) de la Universidad Nacional San Luis Gonzaga. Aprobé hasta el noveno ciclo y dos cursos del décimo, entre ellos: biología molecular, teoría de sistemas, todo lo referente a estructura y función del cuerpo humano, salud y comunidad, farmacología, agentes infecciosos, patología, semiología y medicina interna, además de metodología de la investigación, informática (lo más útil de ese curso era el manejo de SPSS) e inglés médico (uno de los parciales consistió en cantar, tal cual).

Por supuesto, jalé y repetí cursos varias veces. De hecho, en primer ciclo jalé cinco de nueve. Tal como dejo entrever en mis Razones para no estudiar medicina, si vas a la universidad por los motivos incorrectos y con la actitud equivocada, tarde o temprano acabarás estrellándote contra la realidad y cuestionándote si esa profesión realmente se corresponde con tu forma de ser, tus intereses y tus valores.

Mi mente nunca se echó a dormir.

Nunca dejé de lado mi afición por la informática ni por escribir. Antes de ingresar a la universidad había conocido ya el mundo del desarrollo personal (que, por cierto, jamás lo enfocamos como tal en la carrera médica). Descubrí la cultura japonesa, con su idioma de miles de caracteres, su estilo visual de armonía y kawaii y su música cuyos mensajes positivos no hallaba en español.

Hacia mediados de 2012 me di cuenta de que me identificaba (y me identifico) más con el ideal del polimatismo: aunque me sentía cómodo leyendo sobre medicina, también me interesaban (y me interesan) otras áreas como la informática, los estudios generales, la fotografía, el turismo, la biología y la psicología. A estos temas se les unirían después la farmacología, la investigación, el derecho y la economía.

Justo por ese tiempo, me encontré con la idea de que era posible ganar dinero por Internet con un blog y trabajando como freelance que ofrece servicios tan simples como redactar artículos o elaborar presentaciones, ¡algo que hacía cada semana en la universidad! No solo eso, podía ganar por Internet incluso más de lo que obtendría como médico especialista en mi país.

Por todo ello, comencé a preguntarme si de verdad valía la pena continuar estudiando la carrera, una en la que no terminaba de encajar. Decidí que dejaría la universidad por un tiempo, creé un blog y me registré en los marketplaces de freelancers de la época: oDesk y Elance, con la esperanza de comenzar a reunir dinero. Aquel emprendimiento fue un completo fracaso: en ese tiempo, mi perfil era un completo asco y mi persistencia, demasiado débil. Además, la lección que me habría ayudado en aquel entonces no la aprendería hasta siete años más tarde.

Me reincorporé al año siguiente, y entre el 1 de marzo de 2013 y el 22 de julio de 2014 viví la mejor etapa de mi estancia en medicina, y acaso también de mi vida. Aunque jalé farmacología (por estúpido) en la primera mitad de 2013, en la segunda se convirtió en mi asignatura favorita, la que más ha influido en mí hasta el día de hoy. Perfeccioné mis técnicas de estudio y mi método para redactar tareas en pocos días. Nunca antes (y nunca después) me sentí tan integrado con mis compañeros de clase.

También tuve mi primer acercamiento a la traducción: debido a la necesidad de presentar buenas tareas, en aquellos meses aprendí a leer libros y artículos científicos en inglés. De tanto hacerlo, le cogí el gusto. Mis amigos ya me conocían por mi gusto por el anime y el pop-rock japonés, así que el verme con libros en inglés les hacía bastante gracia. La idea de ganar dinero por Internet nunca se fue de mí, así que por alguna razón se me ocurrió que podía ofrecer el servicio de traducción. Veía que era rentable y me parecía muy adecuado para mí que me gustaba leer en otros idiomas, buscar en Internet y escribir en la computadora.

Compré un «curso» para hacerese traductor, el cual no voy a citar. (La gente del sector ya imaginará de cuál hablo.) Si bien ofrece algún que otro consejo interesante sobre mercadeo y búsqueda de clientes, me dejé llevar por mi síndrome del impostor y nunca terminé de arrancar. Después de todo, ¡solo era un pardillo que apenas había traducido un artículo de Wikipedia a duras penas! Hoy le diría a mi yo de ese tiempo que invierta en un curso serio de corrección ortotipográfica o se inscriba en un congreso de traductores en Lima (no tenemos escuela de traducción en mi ciudad) para que se desengañe de una vez o se decida definitivamente.

Agosto de 2014 significó un punto de inflexión en mi vida.

Por una parte, perdí dinero debido a una estafa. (Lo barato sale caro, y la desesperación puede llegar a ser traicionera.) A la semana siguiente tuve mis primeras clases con prácticas hospitalarias… y me encontré con el estrés del trabajo hospitalario, la indiferencia de la atención médica y la insuficiencia de mis conocimientos fisiopatológicos (pues no los había integrado del todo y, más importante aún, no tenía ganas de gastar tiempo para reaprenderlos).

Aquel fue el inicio de un camino de separación y desilusión.

Podría decirse que en ese momento desplacé de mi corazón a la medicina para enfocarme en algo mucho más importante para mí: ganar dinero suficiente para reponer mis pérdidas e independizarme.

Aquella meta nunca se fue de mí.

De hecho, era la misma que tuve cuando me retiré por primera vez.

A partir de ese ciclo comencé a ir a clases de mala gana y abandoné la motivación para seguir con las buenas prácticas de estudio heredadas del año anterior. Ello supuso muchos periodos de alejamiento, relaciones tensas con muchas personas y problemas académicos más graves a medida que avanzaba por la carrera.

Cometí el error de alejarme de aquellas personas que me habrían apoyado en mis sueños si tan solo les hubiera demostrado que era útil para ellos. Podría haberles traducido artículos científicos, podría haber aprendido quechua para interpretar en hospitales y corrección para ayudarles con sus trabajos de investigación. Pero hoy mismo no estoy dispuesto a hacer ninguna de esas cosas. No cuando incluso llegué a sentir cosas negativas por ellos y no cuando el gremio médico vende pánico y distanciamiento en lugar de aceptar lo inevitable. Hoy prefiero dejarlos en su mundo.

En mayo de 2015, por insistencia de unos compañeros y, en parte, porque quería conocer bien la estructura de los artículos científicos que pretendía aprender a traducir, comencé a asistir a las actividades de la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina de Ica (SOCEMI), a la que le debo mucho de lo que sé sobre metodología de la investigación, publicaciones científicas y gestión de recursos humanos.

La SOCEMI me dio una nueva razón para ir a la facultad allí cuando me sentía inútil para la vida de hospital. A los pocos meses me hice miembro aspirante, y al final de ese año, con una renovada actitud por la medicina, comencé a colaborar en diversos proyectos, tanto dentro como fuera de la sociedad.

Entre 2016 y 2018 fui docente del Curso de verano de la FMHDAC, un ciclo de preparación dictado por alumnos mayores en los ambientes de la propia facultad para provecho de los menores y los ingresantes. En el primer año fui asistente de prácticas de farmacología, en los siguientes enseñé biología y bioquímica.

No te voy a engañar, fui un completo desastre en esos tres años, como seguramente podrá decirte cualquiera de las alumnas que asistió en ese tiempo, por eso suelo omitirlo en mis hojas de vida. Allí me di cuenta de lo duro que es ser docente, de que el haber aprobado un curso no basta para saber enseñarlo. Además, me gusta más hablar de experiencias y hacer preguntas que repetir de memoria algo que ya está en los libros ilustrados. La docencia se convirtió en una de esas cosas de las que no me arrepiento (por las lecciones aprendidas) y, a la vez, me arrepiento (por hacer perder tiempo a otras personas).

En 2016 también participé en equipos de encuestadores. Iba de casa en casa para preguntar qué sabía la gente sobre vacunas o sobre el dengue. Tanto aquella experiencia como mi conocimiento creciente en metodología de la investigación hicieron que quisiera redactar mis propios protocolos; de hecho, tengo dos, ambos relacionados con encuestas de conocimientos, actitudes y prácticas, ambos presentados a congresos estudiantiles. Uno se refiere al resfriado común, el otro, a la hipertensión arterial.

Previendo que tal sería la dirección que tomaría mi estadía en medicina, y aunque cada vez iba menos a las clases, me registré en el CTI Vitae CONCYTEC y en ORCID, si bien ahora son perfiles que conservo por pura monería, pues jamás realicé publicaciones científicas de verdad. Y, cómo no, cada vez que podía, viajaba para asistir a congresos y asambleas estudiantiles en otras ciudades, eventos que sería tanto largo como inútil detallar.

Por supuesto, también aporté mis habilidades informáticas para las actividades de la SOCEMI, y seguramente los resultados eran del agrado de los otros miembros, por lo que en noviembre de 2016 resulté elegido tras postular al cargo de director del Comité Permanente de Difusión e Imagen Institucional de la sociedad, posición que ostenté hasta diciembre de 2017.

Mis funciones como director incluían el manejo de los medios oficiales de la SOCEMI (periódico mural, boletín informativo, página de Facebook y sitio web), así como el apoyo en la organización de diversos eventos académicos y científicos, como el Curso-Taller «10 Habilidades Esenciales para Investigar y Publicar» realizado en diciembre de 2016, que recomiendo tanto porque yo edité los videos el expositor y el contenido son de primer nivel. 😉 Ser el director de imagen me encantaba tanto que intentaba estar en casi todo con mi cámara fotográfica y pasaba los días elaborando afiches o retocando las imágenes que los otros directores me enviaban para subirlas a la página.

Paralelamente, fui director del Comité de Informática del XXXI Congreso Científico Nacional de Estudiantes de Medicina, evento anual rotativo de la Sociedad Científica Médico Estudiantil Peruana que se albergó en el Hotel Real Ica en agosto de 2017 y nos tomó más de un año de preparación. Aunque por el nombre podría pensarse que me encargaba de cuestiones técnicas, acabé asumiendo también las funciones de difusión, un rol que correspondía a otra compañera a quien agradezco porque habría muerto de un ACV sin su ayuda. Elaboré muchos diseños para ellos, como el cartel promocional principal y la maquetación del libro de resúmenes.

Pero de lo que más me enorgullezco es de mi participación como director del Comité de Informática de la XIX Jornada Científica Local de Estudiantes de Medicina, realizada en octubre de ese año, en el auditorio de la FMHDAC. Acepté a desgano porque estaba quemadísimo por el esfuerzo de todo el año, aun así, en buena hora lo hice: la identidad visual quedó muy bien, como se puede ver en su cartel promocional y en los afiches para Facebook.

En esos proyectos me di cuenta de lo difícil que es trabajar con gente. Me di cuenta de que no todos tenemos las mismas inclinaciones para las mismas tareas. No todo el mundo comparte tu adhesión al hazlo tú mismo, no puedes otorgar responsabilidad a alguien solo porque te cae bien y se ofrece a ayudarte y no puedes ignorar que, a diferencia de alguien que ya había dejado de ir a clases, tus colaboradoras tienen también una vida dentro de la universidad, una carrera que disfrutan y que siempre será su prioridad.

Ese mismo mes de octubre tuve el empleo remunerado formal de jefe de sección urbana de los Censos de Población y Vivienda de Perú de 2017. Fue uno de los trabajos más agotadores de mi vida, pero pude poner en práctica lo que sabía sobre validación de instrumentos y entrevistas domiciliarias.

Dejando de lado lo que puedan decir los manuales institucionales, mi labor se resumiría en saber llenar la cédula censal mejor que nadie, con el fin de entrenar a otras seis personas a hacer lo mismo. La idea que tenía de ser «jefe de sección censal» era que sería responsable de capacitar a un equipo de encuestadores, idealmente con predisposición al trabajo de campo, en técnicas de entrevista. Porque ese era el procedimiento que había aprendido el año anterior: antes de tocar la primera puerta, pasábamos muchas tardes con nuestro mentor discutiendo cada una de las preguntas junto con sus alternativas y sus posibles interpretaciones.

Si me limito a los resultados, pues sí, entregué a los jefes zonales los datos finales consolidados de las viviendas de mi sección.

¿A qué costo?

Supongo que quienes planearon el censo esperaban que los interesados aprendiesen a llenar ese tocho con un par de horas de capacitación (incluso menos), estudiasen solitos el manual del empadronador disponible en Internet y tuviesen cierto entusiasmo por la idea de encuestar de casa en casa.

Nada más lejos de la realidad.

Me habría gustado pasar más tiempo con mi equipo para realizar sesiones de capacitación, pero apenas las conocí el día anterior y tuve solo media hora para hablar con ellas. Y anda intenta convencer a seis desconocidas de dejar lo que tienen que hacer por una tarde para llenar un instrumento especializado, que requería varios días de estudio pero del que solo se preocuparían un día en la vida. El incentivo económico (o la promesa de notas altas) no es suficiente para hacer que alguien quiera adquirir las aptitudes y actitudes de un encuestador.

Esa desconexión entre las intenciones y la realidad originó que ellas tuvieran que quedarse a corregir errores hasta la medianoche de la jornada censal y yo tuviera que volver a corregirlos durante la semana posterior, pero al final, uno tiene que asumir la responsabilidad por el desempeño de sus colaboradores quienes, al fin y al cabo, tampoco tienen la culpa.

Tras dejar la dirección de imagen a mi sucesora, un último curso de verano en 2018 y una situación que me obligó a repensar lo que hacía con mi vida, poco a poco terminé de cortar con lo que me unía a la medicina. Renuncié a SOCEMI y, con ello, dejé de ir a la universidad. Ya llevaba más de un año sin ir a clases, y aunque prometía volver, la idea no terminaba de entusiasmarme. Aquel fue el desenlace previsible de lo que había iniciado en el invierno de 2014, el fin de un camino divergente que lentamente me separó de esa carrera que definitivamente no era (y, por ahora, no es) para mí.

Retirarme fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida.

Poco a poco, recuperé la paz que había perdido tras varios años de desencanto, envidia e insatisfacción. Una paz que la sociedad, a pesar de los buenos momentos, nunca me devolvió. Como tampoco hizo que olvidara por completo mi sueño de ganar dinero y hacerme una carrera por Internet.

Con mucho tiempo libre por delante, en estos últimos años me lancé a practicar habilidades que, supuse, podría vender en el futuro, como la traducción y el diseño gráfico. Por ejemplo, en la segunda mitad de 2018 estudié diseño gráfico en un instituto local. Más bien, aprendí a usar Adobe Illustrator, Corel Draw y Adobe Photoshop, algo muy útil porque, hasta entonces, todos mis trabajos de diseño los hacía (y todavía los hago) con Inkscape y Gimp, programas que había aprendido a usar a los trece años, en la secundaria.

Además, me lancé a la lectura y a la autoformación basándome en la alternativa a la universidad propuesta por Borja Prieto hace varios años. Algunos de los libros que encontré más útiles (y de los que hablo en mi artículo sobre Libros para entender la realidad) son:

  • Economía básica de Thomas Sowell,
  • Las 48 leyes del poder de Robert Greene y
  • The Rise of Victimhood Culture de Bradley Campbell y Jason Manning.

Aunque la crisis coronavírica de 2020 y el consiguiente arresto domiciliario me golpearon, como a todo el mundo, intenté mantenerme positivo. Después de todo, llevaba ya más de un año de distanciamiento social y descubrí que no quería estar del lado de los médicos (ni del gobierno), con sus medidas de pánico. Continué con mi autoformación y realicé algunas traducciones para plugins de WordPress.org en su propia plataforma y el entorno de publicación Pressbooks en Transifex. Tengo algunas más, todavía en borrador, que espero publicar en los próximos meses.

Si tuviera que quedarme con una sola lección aprendida desde que dejé la
universidad, sería esta: la riqueza llega cuando aportas valor a los demás.

Si quieres riqueza, da algo que quiera otra persona.

Yo no quiero «venderte» un servicio de traducción, sino dártela si eso es lo que quieres tú (y lo quiere tu público). Espero conocer a mis clientes ideales en los próximos meses para entender cómo ayudarles mejor. Quizá entonces reescriba las páginas de esta web para hablar más de tus necesidades.

¿Qué vendrá después?

Haz que tu visión del amor, la libertad y los sueños se compartan en la segunda lengua materna del mundo.

¡Estaré encantado de atenderte en lo que necesites!

Antes de contactarme, te sugiero revisar las características del servicio de traducción y las Cláusulas generales de contratación para evaluar si las condiciones se corresponden con tus expectativas. Si tienes alguna pregunta o duda al respecto, también puedes enviarla a través del siguiente formulario o directamente a info@yachaypuriq.xyz. También estoy disponible en LinkedIn y Skype.

Para entender mejor tus necesidades y realizar una estimación justa, te insto a enviar el material original y detallar la siguiente información:

  • ¿Qué necesitas exactamente? ¿Traducir algo desde cero o editar resultados de traducción automática? ¿Requieres un texto final maquetado o te basta con un documento de texto? ¿Cuál es el tipo de archivo del material original?
  • ¿A quiénes se dirige tu traducción? ¿A toda la hispanoesfera o solo a una región dada? ¿Cuál es el rango etario y nivel de instrucción de tu audiencia? ¿Hay alguna característica sociodemográfica adicional relevante?
  • ¿Qué valores buscas transmitir? ¿Qué guías de estilo e identidad corporativa debería seguir para ese fin? (Incluye uso de anglicismos, redacción inclusiva, jerga local, vocabulario de traducciones anteriores, formatos de referencia bibliográfica y otras preferencias estilísticas.)
  • ¿Tienes que cumplir con algún plazo?

Puedes adjuntar aquí un fichero de hasta 25 MB con el material original. Si el formulario lo rechaza, te sugiero subirlo comprimido en un archivo ZIP, compartirlo mediante una plataforma como Google Drive o Microsoft OneDrive o enviarme tu solicitud por correo electrónico.

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